En el mundial de Estados Unidos de 1994 las televisiones pasaban una y otra vez un anuncio con los integrantes de la selección española afirmando tajantemente que íbamos a ganar el mundial. Lo decían con tal fe y tal convicción que te lo creías sin ninguna duda. Íbamos a ganar y todos nos lo creíamos, nos poníamos la venda en los ojo y creíamos que efectivamente, ese iba a ser nuestro mundial. Y lo mismo en el 98, en el 2002… es algo que llevamos en los genes. Daba igual las veces que nos diéramos de bruces con la cruda realidad, eramos favoritos e íbamos a ganar. Hasta que al final ganamos de verdad. Eurocopa y Mundial nada menos. Y entonces llega una nueva competición al máximo nivel y… ¿vamos a ganar? Por supuesto que sí, lo llevamos en los genes. Pero es… extraño… porque ahora ya hemos ganado y no sentimos la misma ansiedad. Por supuesto que tenemos que ganar y si perdemos nos llevara la desesperación y nos cagaremos en los muertos de todos. Pero si hacemos un papel decente y no logramos ganar el título pues como que es más perdonable que en otras ocasiones… Aunque hay que ganar, eh, sí o sí, no hay excusas.
De la Eurocopa en sí no tengo gran cosa que decir ya que en esta ocasión el evento no parece tan glamuroso como en otras ocasiones. El hecho de celebrarse en Polonia y Ucrania ha sido una de esas cosas extrañas que hacen Fifa y Uefa por llevar el fútbol a los países más pobres futbolísticamente (y económicamente) y así difundir su palabra entre los infieles. Aunque la realidad es otra bien distinta y el flujo de dinero que mueven en este tipo de eventos da miedo. El coste de construcción/remodelación de los ocho estadios que albergaran la competición ha sido superior a los 2.000 millones de euros y se estima que los ingresos por venta de entradas serán de 150 millones de euros, que puede ascender hasta una cifra entre los 300 y 500 millones si le sumamos las ventas estimadas de merchadising. El agujero restante es demencial y eso que no hablamos del gasto realizado en infraestructuras en ambos países que es astronómico Adivinad quien va a pagar toda esa deuda y cuantos constructores se habrán hecho millonarios… Un vistazo mareante a las cifras.
Tengo que reconocer que normalmente a estas cosas no le concedía una especial importancia aunque me imaginaba que eran un pozo sin fondo. Pero la situación actual que vivimos en lo tocante a la economía hace que uno empiece a mirar cada uno de los euros gastados y cada vez que veo una imagen de cualquiera de los preciosos estadios pienso en la cantidad de dinero que habrán derrochado en él y duele bastante. Por no hablar de las medidas que nos meterá por la puerta de atrás nuestro gobierno cada vez que juegue nuestra selección, miedo da.
Comienza la Eurocopa 2012. La inauguración ha sido muy sosita, los estadios son una autentica pasada, el logo es horrible y nuestra selección tiene que ser campeona. Nos leemos durante estos días para llorar o alegrarnos juntos. Vamos a ganar, seguro. Como siempre pero de verdad, ¿eh?

Tras la maravillosa y nunca suficientemente alabada
Volviendo a House, una serie de ocho temporadas… no, no hacían falta tantas, sobre todo por lo que comentábamos al principio, el canto de cisne de la cuarta. Aquello no se podía superar y no se hizo. Siguiendo la estela de aquella temporada, de centrarse más en los personajes que en los casos, la quinta temporada sigue teniendo a los pacientes muy de fondo, mientras que los protagonistas se van apoderando de más y más linea de guión y empieza a adquirir cierto tono de culebrón ligero. Se introduce una especie de triangulo amoroso con un nuevo personaje, House y Cuddy y se le va dando vueltas una y otra vez hasta su inevitable conclusión dos temporadas más tarde. El resto de personajes se lía entre sí o le da vueltas a sus relaciones quitándole gran parte de aquello que hacía especial a esta serie. Hay que alargar las tramas. De esta temporada solo destaco como algo especial el capítulo 20 llamado «Una explicación sencilla» que es algo totalmente inesperado y desolador, sobre todo porque llega sin avisar. Es de esos que te deja con un nudo en el estomago y con cierta pesadumbre ya que nunca sabes que puede pasar en este vida. Un buen capítulo que nos demuestra que quizá todavía quedan cosas que contar, pero que en esta quinta temporada no hemos vista. Se deja ver, pero poco a poco se intuye la decadencia
La séptima temporada tiene un gran error y un gran acierto. El error es la consumación de la relación entre House y Cuddy, que no solo no tiene mucho sentido sino que difumina el carácter de House hasta hacerlo insufrible. Además, los guionistas parece que no se aclaran, en un capítulo ella le dice que le quiere por las razones X e Y y varios después dice que lo tienen que dejar por las razones X e Y, las mismas. Ni tiene sentido ni los guionistas tienen muy claro que están haciendo, así que los lían y los deslían y el personaje de Cuddy abandona la serie al terminar la temporada, supongo que ella también ha visto que no tiene sentido seguir en la serie.
Como el primer capítulo de la octava temporada, el que se desarrolla en una cárcel Es el momento de darse cuenta que ya no hay más temas médicos que tratar y si más aventuras divertidas con House en cualquier otro sitio que no sea el hospital. Por lo demás, es una temporada totalmente innecesaria que no va a ninguna parte y que se arrastra agonicamente. El nuevo equipo que se montan no tiene química (pero sí tía buena en contraste con esa cosa con gafas que ni se sabe que es) y da todo un poco igual. Al final para acabar la serie deciden montarse una trama con la enfermedad de un personaje que simplemente tiene sentido como cierre final a una temporada que nunca tuvo que existir. El capítulo final es una especie de capítulo onírico que no aporta nada nuevo, ya que las preguntas que plantean han sido respondidas mil y una veces en la serie. Por supuesto, al final el destino de House es el mismo que el de Sherlock Holmes con esa muerte… esa muerte. Descanse en paz.

















