¡Pero es que estamos hablando del bueno de la serie! No solo acaba con gente que se lo merece (¿en serio alguien puede merecer morir de esta manera?) sino que además sirve a la comunidad como un fiel defensor de la ley además de aportar felicidad a la vida de una mujer maltratada y sus hijos. Tal mensaje cala de tal manera en el espectador que los últimos capítulos de la segunda temporada se convierten en una tortura atroz y en un continuo ataque de ansiedad ante la idea de que ocurra lo que en cualquier otra situación normal querríamos que ocurriera: que acabaran con ese bastardo.
No he podido resistir la espera de ver que como acababa esto y me he tragado los últimos cuatro capítulos de una sentada gracias al sagrado Azureus. No podía pasar un momento más sin saber que le ocurriría a nuestro antiheroe. Que lo cojan, o que se libre de una vez por todas, pero que acabara ya, que terminaran con los sufrimientos de todo el mundo de una vez por todas. Al final termina como termina y pasa lo que pasa, pero la relajación total de saber el destino de los personajes tras el climax del último capítulo es una bendición. Parece que los creadores de la serie tenían perfectamente marcado el ritmo de lo que estaba ocurriendo, porque tras tirarte de lo más alto de la montaña rusa te dejan caer apaciblemente en los últimos minutos para que se aten todos los cabos sueltos.
Magnifica serie, de las mejores que se han visto en estos últimos dos años. Curiosamente, las asociaciones moralista son se han fijado en ella, a pesar de su peligrosos mensaje. El malo nunca puede ser el bueno y aquí han traspasado esa peligrosa línea repetidamente. Cuidado, puede que te sorprenda saber que los asesinos también son humanos.




